¡Vale la pena!

“Para amar como Jesús ama”

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Mi nombre es Ida Colombo, tengo 53 años y soy italiana, de un pueblo muy pequeño del Norte de Italia, Carbonate. Soy la cuarta de 6 hijos. Con los abuelos y mis padres somos 10 personas. Mi familia es creyente practicante y muy unida todas las noches se rezaba el rosario con la abuela. Ella, que se llamaba Ida como yo, ha sido un ejemplo muy grande de fe de la Mi Fe ha nacido y crecido en este ambiente.

 

Mi vocación nació a raíz de un viaje a Guatemala. Un viaje que hice solita, invitada por un misionero franciscano. Yo en aquel tiempo tenía 25 años. Ya estaba trabajando como secretaria en Milán, tenía mi vida más o menos programada, pero con una sed de vivir la vida en plenitud, estaba en búsqueda… y la invitación de ir en un país al Sur del mundo me atrajo mucho.

 

Come he dicho he nacido en una familia creyente y las misiones y misioneros me atraían mucho. Cuando volví yo quería hacerme voluntaria para ir en América  Latina por algunos años, pero esto tampoco me daba serenidad. Y luego cuándo vuelva ¿qué hago? me preguntaba… yo buscaba algo para toda la vida pero al mismo tiempo defendía mucho mi libertad.

 

Por casualidad he encontrado un misionero comboniano que me invitó a participar a unos encuentros pero yo lo tenía claro que monja NO!!!.  Esperé un año en participar. .. Poco a poco a contacto con la Palabra de Dios descubrí a un Jesús muy cercano en mi vida que entraba y me seducía, los pobres que no me dejaban tranquila con mis comodidades y sobretodo mi Fe de “compromisos” y no una Fe vivencial en el Señor.

 

Sobretodo San Daniel Comboni con su vida, su pasión para África y los pobres me atraía mucho, pero me resistía en lo que era la consagración… Poco a poco  descubrí que la consagración era  muy ligada a amar en la gratuidad, a  amar “como” Jesús ama, al  ser don para que otros tengan vida en abundancia, sobretodo para los que viven en situaciones de injusticia,  y que los votos no son algo que esclavizan  sino que liberan de muchas cosas… y  di el salto..

 

Inmediatamente después de la profesión salí para Perú donde viví por casi 9 años, luego me llamaron para la formación en Granada, donde pase 8 años. De la experiencia de Perú aprendí muchas cosas, ha sido mi primera experiencia de vida comunitaria y muy positiva, los estudios de Biblia me han ayudado a profundizar mi Fe, la experiencia con la gente me ha enriquecido como persona, sobretodo a abrirme al “diferente” a valorar la cultura de ese pueblo y a abrir los ojos para ver las causas de la pobreza.

en Berlin

La experiencia en la pastoral juvenil, sobretodo con los chicos “pandilleros” me hicieron descubrir a un Dios “Madre” que siempre acoge, abraza, ayuda a crecer, que está en pena cuando sus hijos no vuelven a casa.

La experiencia en Granada como formadora mi hizo todavía más persona. En especial el contacto con las jóvenes y su entusiasmo para la misión, con sus ganas de crecer humana y espiritualmente para ser buenas misioneras Combonianas: Mujeres del Evangelio como San Daniel Comboni  continuamente sueña.

 

Me provocaban para dar lo mejor de mi misma. La experiencia que hicimos juntas en el campo de la inmigración nos ayudó a vivir ya desde aquí como misioneras… yo a través de los inmigrantes  me enamoré más aun de África.

 

Actualmente me encuentro en Madrid como provincial de la Circunscripción Europa, conformada por 12 comunidades y 81 hermanas, distribuidas entre Portugal, Inglaterra, Francia, Alemania y España. Mi misión, como provincial es la de ayudar a que las hermanas se encuentren bien en sus comunidades, llevar adelante la misión que tenemos en Europa y tener una visión para el futuro.

 

Para mi ser misionera Comboniana significa vivir en plenitud donde estoy como misionera, no es solo el lugar geográfico que me hace Comboniana, sino las actitudes, los valores que tengo que encarnar en el día a día. Sueño África e seguramente iré dentro de unos años pero no olvido de ser misionera aquí.

 

“No imagino mi vida más rica y con más sentido”

en la playa

Mi nombre es Maricarmen López Galán, soy española, de Ávila, pero mi pueblo es Fontiveros, donde nació S. Juan de la Cruz. Hace 25 años que soy Misionera Comboniana de los cuales 17 vividos en Mozambique, un país bellísimo situado al sur-este del continente africano.

Es difícil saber cómo nace una vocación, yo no se como nació la mía, tengo la impresión de que estaba en mi una semillita desde siempre, y yo no me había dado cuenta. Mi familia es católica y siempre he respirado un ambiente donde Dios ha ocupado el lugar importante. Lo cierto es que con la adolescencia me fui apartando de los ambientes de Iglesia y mis amistades me animaban a ello, pero en un momento de mi vida, con 18 años, conocí un grupo de jóvenes que se reunían un domingo al mes para hablar de su fe y para rezar, creo que la semillita empezó a moverse…

Al principio me incomodó un poco pues no estaba habituada a estar entre jóvenes así… yo no me imaginaba que había jóvenes cristianos-convencidos-comprometidos, creía que eso de rezar e ir a Misa era de personas mayores, pertenecía al pasado. Pero la amistad con estos jóvenes me ayudó a reencontrarme con Dios y conmigo misma, y fue entonces que “mi tierra” se transformó en terreno apropiado para hacer germinar y crecer la semilla.

Entré a formar parte del grupo misionero que conducían los misioneros combonianos y las misioneras combonianas. Poco a poco me fui dando cuenta de que quería ser misionera, quería ir a África, pero claro que lo de ser monja es que me costó más entender seguramente porque tenía una idea errada sobre las “monjas”, pero una vez que conocí a las combonianas y descubrí que eran mujeres NORMALES y sencillas, y además felices, que llegaban de la misión con una alegría contagiosa, y partían con tanto entusiasmo… bueno la verdad es que quise ser una de ellas, quise ser, como ellas, una mujer sencilla que había entendido la experiencia vivida con Jesús como siendo algo que necesariamente tenía que ser compartido con todos.

Si empiezo a contaros sobre Mozambique no acabo pues reconozco que me puede la pasión y el amor por este pueblo que me recibió con tanto cariño cuando yo era una jovencita de 28 años, y allá, con su gente he aprendido mucho de lo que es esencial en la vida: el amor, la amistad, el dolor, la muerte… Llegué a Mozambique el 9 de diciembre de 1991. Por entonces aún había guerra civil, entre el gobierno, Frelimo y los guerrilleros, Renamo. Gracias a Dios la guerra acabaría un año después, en Octubre del 1992, pero tuve oportunidad de ver con mis ojos la destrucción, la muerte y la miseria que genera la guerra.

mozambique maricarmen

Después poco a poco empezó la etapa de reconstrucción del país y fue un tiempo precioso. Por entonces yo vivía en Meconta, en una misión situada al centro de la provincia de Nampula, al Norte del país. En Meconta vivíamos tres hermanas, una trabajaba en el pequeño hospital de la misión, y las otras dos trabajábamos a tiempo pleno en la pastoral acompañando el camino de dos parroquias: Meconta y Muecate.

En Mozambique las parroquias se componen de pequeñas comunidades cristianas, y entre Meconta y Muecate había más de cien de estas comunidades cristianas y son los seglares quienes las dirigen. No había sacerdotes y nuestro trabajo consistía en la formación de los ministerios de las comunidades: Catequistas, animadores de comunidades, celebrantes, además de hacer encuentros con mujeres y jóvenes. Yo no se si Dios se valió de mi pequeñez para llegar hasta este pueblo pero lo que si se es que se sirvió del pueblo Macua (es el nombre de la etnía) para llegar a mi y yo encontrarlo a Él.

Después, con el tiempo cambié de misión y de trabajo, los últimos años (hasta el 2010) los he vivido en Nampula, ciudad al norte del país. En la periferia de esta ciudad, en el barrio Muahiviri, tenemos una comunidad que cuida de una casa de niñas, LAR ELDA” y ha sido con ellas con quienes he compartido mis últimos años en Mozambique. Las niñas en Mozambique (como en muchos otros lugares del mundo) lo tienen más difícil a la hora de ir a la escuela y aspirar a un futuro mejor, pero si le añadimos que son niñas que vienen de familias desintegradas, o son huérfanas, o sus familias viven en situación de pobreza extrema pues aún se complica más y las convierte en víctimas fáciles de la prostitución, o son obligadas a casarse muy temprano, son engañadas fácilmente y quedan embarazadas, o lo que es peor pueden acabar en manos de traficantes de seres humanos. Por ello decidimos abrir esta casa donde acogemos aproximadamente 40 niñas. Es difícil contar mi vida entre ellas y entre el pueblo Mozambiqueño en general… sólo puedo decir que volvería a elegir la misma vida porque me llena, es plena de significado para mí.

Actualmente estoy en Portugal, vivo en una zona periférica de Lisboa, en un lugar llamado Fetais. Es una zona bastante pobre donde viven muchos inmigrantes africanos, de Cabo Verde, S. Tomé, Guinea Bissau, también de Pakistán, de Brasil y muchas familias gitanas así que como veis es un lugar muy variopinto. Vivo en un pequeño apartamento junto con Elvira, misionera comboniana mexicana.

Trabajamos en equipo con los Misioneros Combonianos que también viven en esta zona y están al frente de la parroquia, y nuestro deseo es ser una presencia fraterna y señal de comunión. Últimamente hemos abierto un centro de apoyo escolar y actividades lúdicas para niños y adolescentes y cada día son más los niños que vienen. Funciona gracias a la ayuda y colaboración de todos, los muebles, mesas, sillas, libros, cuadernos, TODO ha sido donado por diferentes personas, y también los “profesores” son jóvenes voluntarios que ofrecen unas horas semanales, según las posibilidades de cada uno, para dedicarse a explicar matemáticas, Física, o Portugués a los niños que vienen al “Despertar” que es como se llama el centro.

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Es increíble y maravilloso ver como la crisis genera solidaridad. Claro que tenemos que pagar el alquiler del local, el agua, la luz… por ello seguimos buscando ayudas. Echo en falta Mozambique, y es que cuando se ha estado en África el corazón se queda allá… pero lo cierto es que me gusta mucho estar en Fetais, en medio de esta realidad multicultural y multirracial, con tantos desafíos… y es que el Reino de Dios está aquí también y me llena de gozo descubrirlo. ¡Gracias, Señor, por mi vida tan bonita!
Mi vida misionera es para mí un regalazo de Dios, no imagino mi vida más rica y con más sentido.

“Descubrir al Dios siempre Nuevo en lo diferente”

Clara

Tú me has traído amigos que no me conocían.
Tú me has hecho sitio en casas que me eran extrañas.
Tú me has acercado lo distante
Y me has hermanado con lo desconocido.
Mi corazón se inquieta si tengo que dejar mi albergue acostumbrado.
Olvido que lo antiguo está en lo nuevo y que en lo nuevo vives también tú…
(R. Tagore)

Esta poesía de Tagore siento que refleja una parte de lo que es mi vida como Misionera Comboniana, la cual ha sido muy rica en este ir al encuentro de lo “desconocido” que, una vez tornándose conocido, es amado y entra a formar parte de nuestra historia.

Mi nombre es Clara Torres Acevedo y soy la hija número 9 de una bella familia de 12 hijos. Nací en la Ciudad de Delicias, en el estado de Chihuahua al norte de mi país, México.

En mi parroquia trabajé varios años como catequista y era un servicio que me gustaba, también porque éramos un gran grupo de jóvenes catequistas y a veces organizábamos algunas actividades para reunir dinero y ayudar a personas que atravesaban por una situación difícil. Esto era una forma de estar juntos y hacer algo de beneficio social.

Un día fue de vacaciones a mi ciudad una joven que había sido mi catequista cuando yo era niña. Ella era misionera Comboniana y cuando la encontré me contó lo que hacía y que se estaba preparando para ir a las misiones en África. ¡¿África?! ¡Pero si yo pensaba que los misioneros eran cosa del pasado y no del presente! Poco a poco fui conociendo a través de revistas y conversaciones sobre la vida misionera y me llamaba mucho la atención, sobre todo al conocer sobre Daniel Comboni que había combinado la promoción humana y la evangelización en conjunto. Fue así que comencé a recibir material misionero como revistas y libros que me abrieron el panorama a un mundo nuevo y atrayente.

Fui invitada por una hermana Comboniana a participar en un campo-misión, así se le llama a la experiencia de ir a lugares, generalmente lejos y con la comunidad, acelebrar la semana santa. La primera vez que viví esta experiencia para mí fue extraordinaria, fue en una zona indígena al sur de México y aunque era mi pueblo, yo me encontré con una realidad nueva para mí, personas que en su sencillez me enseñaron a darme cuenta que lo que nos hace felices y da sentido a nuestra vida no es aquello que tenemos o sabemos, sino quienes somos y cómo compartimos con los demás nuestra vida.

Fue así que, un año después de terminar mis estudios y habiendo llevado un acompañamiento vocacional, decidí entrar en el postulantado de las hermanas Misioneras Combonianas. No fue una decisión fácil, porque debía separarme de gente amada, de mi familia y amigos, de la posibilidad de tener mi propio hogar y familia… pero había algo o, mejor dicho, Alguien más fuerte que todo esto y que me invitaba a ir más allá de lo ya conocido y amado, a compartir con otras personas un poco de lo mucho que del Señor yo había recibido.

Varios anos después fui destinada al país de Mozambique. Fueron 9 años muy bellos, donde viví y trabajé en una parroquia en la zona rural donde acompañábamos a 70 pe

queñas comunidades en un área de aproximadamente 100 km2 entre sabana y playa.

El pueblo Makwa, con el cual viví, me enseñó a ser Misionera Comboniana y a aprender cómo se acoge culturalmente a la gente y se le hace sentar en la misma estera (tapete de paja) a aquellos con quienes tienes la confianza de compartir no solo los alimentos sino también la vida.

En las celebraciones todos pueden compartir lo que Dios habló a su corazón y eso la hace más rica y viva. El pueblo nos llama “hermanas” y es bello porque es esta nuestra vocación, pero muchas veces me sentí “madre” de estas personas, de las muchachitas del internado, de las señoras que venían a compartir sus preocupaciones, de los jóvenes que se acercaban. Pero también muchas veces me sentí “hija”, a la cual era necesario enseñar, ayudar, acompañar… incluso consolar y dar ánimo.

Cuatro años de los ocho que estuve en la misión de Namahaka, estuvimos solamente las hermanas, los misioneros tuvieron que dejar la misión, y esos 4 años que nos quedamos solas fue una riquísima experiencia de trabajo en conjunto con los agentes de pastoral locales, siempre habíamos trabajado juntos, pero en ese tiempo se fortaleció la relación y esta fue una de las experiencias pastorales más bellas que pude vivi

r.  Tengo el corazón agradecido a Dios y al pueblo de Namahaka por todo lo que aprendí con ellos, y llevo en mi mochila todas estas experiencias. 

Desde Agosto del 2010 me encuentro en este otro maravilloso y atrayente país: ¡Sudáfrica!

Mamelodi es el lugar donde hemos comenzado nuestra primera comunidad como Misioneras Combonianas aquí en Sudáfrica. Actualmente somos 5 hermanas de 3 continentes y 5 países: Kenia, Eritrea, Costa Rica, Italia y México.
Esta realidad es completamente diferente de aquella que viví en Mozambique, aquí vivimos en un “township’” de los que fueron creados en el tiempo de Apartheid para enviar a los habitantes de raza negra, fuera de la ciudad, donde no podían estar después de las 6 de la tarde.

Clara con su comunidad

El pueblo sudafricano ha mostrado al mundo su capacidad de salir adelante, de perdonar, de levantarse y caminar juntos a pesar de las diferencias que existen en este país de 11 idiomas oficiales y con un 20 % de población blanca y un 80% de población de raza negra perteneciente a diversos grupos. Han recorrido un gran camino, ¡pero hay aún mucho por caminar para ser esa “Nación del Arcoíris” que Nelson Mandela ha proclamado!

En este nuevo contexto nuestro servicio como hermanas está en el acompañamiento de las comunidades cristianas de la parroquia, que son 8 y de los diferentes grupos que la forman. Esto lo hacemos en colaboración con los sacerdotes que trabajan en esta parroquia de San Daniel Comboni.

Por mi parte, además de esta presencia soy voluntaria en un Centro de acogimiento para mujeres víctimas de Tráfico Humano y también de Violencia doméstica. Además de este servicio estoy trabajando con las parroquias de Mamelodi en la prevención del Tráfico Humano, pues Sudáfrica es pieza clave para el continente africano en esta ‘nueva esclavitud’ del siglo XXI.

Otra grupo que sigo y que surgió casi espontáneamente al visitar las familias fue la de un grupo de mujeres que pertenecen a diversas iglesias (aquí la Iglesia católica es un 7% aprox.) Nos reunimos una vez por mes para rezar juntas y compartir lo que se va viviendo, ayudándonos mutuamente a ir adelante. Esta experiencia es muy sanadora, pues ofrece la posibilidad de tener un espacio confidencial donde ‘descansa el corazón y se recuperan las fuerzas’.

Clara t.

San Romero de América decía que los pobres le enseñaron a leer el Evangelio, y aquí me están ensenando lo mismo la gente de Mamelodi, que nos han acogido con alegría y sencillez en sus casas y en sus corazones y este es el regalo más bello que como misionera puedo vivir, como decía Comboni, que ‘sus penas sean las mías y sus alegrías también’.

¿Que significa para mi ser Misionera Comboniana? Esto exactamente, ser testigo del Dios del Amor que llama a tod@s a vivir y formar la gran familia humana donde lo diferente no es amenaza de la cual defenderse, sino riqueza para ser valorada y como dice la frase de Tagore descubrir al Dios siempre Nuevo en lo diferente, el Dios de la Vida que quiere Vida para tod@s y con nuestras fuerzas y debilidades, colaborar para que este sueño de Dios se haga realidad.
Termino con el comienzo del bellísimo Himno Nacional Sudafricano:

‘Nkosi sikekel’iAfrika..!
Que Dios bendiga África!
¡Que Dios bendiga a todos los pueblos!

Así sea.

“Me llevó sobre alas de águila”  (Dt. 32.11-12)

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Me llamo Mary July y nací en el año 1942 en “Asturias Patria querida”. En un pueblo llamado San Fructuoso, Concejo de Tineo. Pequeño sí, pero muy bonito rodeado de montañas, y de otro pueblitos, de esos pueblecitos que sobre todo en el invierno cuando nieva, creo, no se puede igualar a tantas otras maravillas que he visto en mi camino. Soy la última de 11 hermanos de una familia católica y practicante.
He gozado de mi infancia y juventud, rodeada de cariño por mi familia y gente de los pueblos. Mi infancia y juventud fue normal, con tantas amigas y amigos, que todavía hoy, cuando nos juntamos disfrutamos de los bellos recuerdos de aquellos tiempos vividos. Pero había algo en mí que me atraía a la vida misionera y aunque trataba de olvidarlo, cada vez se hacía más presente en mi vida, mis amigos me decían ¡que no era normal lo que sentía…! Y no era extraño, pues en aquellos pueblos no era usual, las vocaciones a la vida religiosa y consagrada (Solo conocían a mi hermana religiosa de clausura y poco más) que aún les parecía más absurdo.
Aunque yo trataba de olvidar cada vez se me hacía más presente esta llamada. Hablé con un sacerdote de mi decisión y él me proporciono algunas direcciones de Institutos misioneros a los cuales les escribí manifestándoles mi inquietud. Después de un tiempo me decidí por las “Misioneras Combonianas” porque encontré en ellas una exclusividad por las Misiones y por los Negros. Después de un tiempo de seguimiento ingresaba en la casa que aún tenemos hoy en Madrid, en la Calle Julia Balenchana. Tenía 22 años, allí me encontré con 6 compañeras. Después de unos meses de introducción, nos fuimos a Italia para continuar la formación del postulantado.Ya cuando era el tiempo de ingresar al noviciado me enviaron a Londres con otras dos españolas y dos italianas. Allí encontramos a otras compañeras inglesas. Después de dos años hice mi profesión religiosa y a los pocos meses inicié el curso de enfermería.
Mi orientación para la misión era Sudán. Pero… un día me llamó nuestra Superiora General para comunicarme que en Ecuador, había surgido una emergencia en el Hospital que teníamos en San Lorenzo – Esmeraldas y, que habían pensado en mí. Necesitaban lo antes posible mi respuesta. Después de los primeros momentos de incertidumbre y de hablar con personas que me conocían muy bien, acepté ir a Ecuador. Así que después de unos meses ya estaba en San Lorenzo. Y… ¡Oh, sorpresa! Cuando entraba en el barrio del hospital, encontré los primeros Afro Ecuatorianos, hablaban español…esperaban mi llegada muy alegres…. Y aun más, sentía a lo lejos música de pasodobles españoles. No lo podía creer ¡me encontraba con los míos…!
En nuestro hospital, aunque pequeño, había toda clase de atenciones y de emergencias; enfermos graves de malaria, tifoideas, deshidratación, especialmente de niños, personas heridas por los machetazos, debido alalcoholismo,celos, peleas… etc. En fin, que nos hacían estar al toque de día y de noche.
Después de 4 años me destinaron a Quito, para abrir una casa de formación y acoger a las jóvenes que deseaban ingresar en nuestra Congregación provenientes de Ecuador, Perú y Colombia. Dos años más tarde también de Costa Rica. Fue una experiencia muy positiva, además de la internacionalidad, la posibilidad de ir a nuestras misiones en los tiempos fuertes como Navidad, Cuaresma y en las vacaciones. Estuve en la formación durante 9 años.

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Pasé un breve periodo en Londres por una necesidad urgente y luego fui a España por 6 años. La verdad, me costó el dejar la misión por el momento, pero sí puedo decir que este tiempo en mi Patria,ha sido muy valioso, lo primero porque aún no conocía a muchas de las hermanas, también por los encuentros que celebrábamos en las diferentes provincias con los familiares, junto con los misioneros Combonianos (en aquel tiempo), se nos daba la posibilidad de conocer más a las familias. ¡Creo que me inculturé de nuevo en España y me hizo bien!
La siguiente destinación ha sido a Méjico a una zona de Oaxaca con los indígenas “Mazatecos” En Jalapa de Díaz. Nuestro trabajo era exclusivamente pastoral y también colaborábamos en la formación de catequistas en la Diócesis de Tuxpepec. Estos 6 años fueron un tiempo vivido muy entrañablemente con todos ellos.
Luego volví a la Provincia Ecuador, Perú y Colombia, esta vez como provincial: Fue un tiempo también inolvidable donde vivimos tantas cosas. En las tres naciones, nuestra prioridad son las misiones y también la animación misionera de la Iglesia. En ese tiempo se reconfirmó el noviciado interprovincial en Quito – Ecuador a nivel Continental, sobre todo por la cercanía y posibilidad de acceso a nuestras misiones para las jóvenes en formación. Naturalmente con posibilidades de cambiar en el futuro, según el ritmo de los tiempos y lo que las hermanas vean más oportuno.
En el año 2010 regresé a Méjico destinada por segunda vez. Al poco tiempo de mi llegada, sucedió el gran desastre del terremoto en Haití. Ante semejante tragedia se nos dio la posibilidad en la Provincia, a las hermanas disponibles, para ir a dar nuestro aporte, turnándonos por algunos meses. En verdad ha sido un tiempo inolvidable, el convivir con ellos. Los hospitales estaban llenos de tantas personas mutiladas, tantos enfermos sin casas, niños huérfanos, y sin esperanzas de una vida más digna. Por desgracia, todavía hoy sigue con muy pocas mejoras, a pesar que el mundo se volcó en Haití en aquel tiempo. Así son los manejos políticos…¡Sin duda es el mayor pecado! Nuestro aporte más valioso es que todavía hoy, una hermana nuestra esta allí, haciendo parte de una comunidad inter-congregacional.
Ahora, desde hace dos años y medio, abrimos una nueva misión en Oaxaca, en la zona de Costa Chica, cerca de Guerrero, entre los Afro descendientes, de acuerdo con el Obispo de la Diócesis de Puerto Escondido. A nosotras nos encargaron 12 pueblos, los más alejados de la Parroquia de Huazolotitlán. Están bastante abandonados en todos los sentidos. Los visitamos con frecuencia, hacemos las celebraciones los domingos y días festivos, funerales, preparación a todos los sacramentos, reuniones bíblicas en varios pueblos, etc… queriendo llegar a formar Comunidades de Base. También en lo social,buscamos ayuda para asesorar en los derechos humanos, ecología y demás.

Todavía hoy, es un grupo desconocido por la mayoría de los mexicanos. A pesar de que ya son muchos en México, muy pocos en el país saben de su existencia, de sus necesidades y esperanzas. Nosotras tenemos el privilegio de estar entre ellos disfrutando de sus raíces africanas y que se manifiestan en sus valores humanos; como la acogida, la solidaridad, la alegría y generosidad.

“Para testimoniar su AMOR y RESPETO”

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Mi nombre es Inés María Zambrano Calvachi y soy ecuatoriana.

El Señor despertó en mí el gran deseo de conocerlo, de profundizar su experiencia, de entender quién era Él en verdad y lo que a mi vida proponía. Participé de una serie de catequesis proporcionadas por un sacerdote Comboniano que cambiaron mi ser, encontrando en el Evangelio el sentido de mi vida. Gracia que no podía contener para mí, sentí que debía compartirla con otros. Así llegue a comprender que Dios me quería para algo específico: una vida consagrada.

A través del grupo América Misionera en mi país,conocí el mundo de la misión ad-gentes. Me llamo mucho la atención que tres cuartas partes de la humanidad aun no conocieran a Jesús, me parecía increíble, algo que no se me había pasado por la mente. Había un dato adicional, que nuestra Iglesia esperaba que los nuevos misioneros y misioneras se susciten en América Latina. Esta realidad me interpeló: “¿No seré yo una de ellas?”. Y desde allí comencé a colaborar con los misioneros Combonianos en la Animación Misionera, hasta que decidí entrar en la Congregación de las “Pie MadridellaNigrizia” ,Misioneras Combonianas.

Después de mi primera profesión fui asignada a la Provincia de Kenia. Pero antes de partir, tuve que terminar mis estudios en Ecuador, lo cual me supuso un año y luego un tiempo más en Dubái para aprender el inglés. Llegué a Kenia el 1 de junio del 2009, permanecí en Nairobi por tres meses para aprender Kiswahili, la lengua nacional. Finalmente el 1 de Noviembre del 2009 entre en mi tierra prometida: Doldol

Doldol es un pueblo de pastores massai de aproximadamente 20.000 habitantes, en una superficie de 1,200 km2, de ambiente natural semidesértico. Hombres, y sobre todo las mujeres, sobreviven luchando por obtener algo de casi nada, abandonados a su propio devenir.

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En esta bella tierra, comprendí que para Dios, Doldol era la oveja número 100, aquella que se le había perdido y por la que va en su búsqueda. Mi responsabilidad pastoral era el acompañamiento espiritual de las adolescentes de la secundaria “Saint Francis Girls’ Secondary School”

St. Francis Girls’ SecondarySchool es un internado en el que estudian jóvenes de entre 13 y 22 años, aproximadamente. Vienen de diferentes localidades del país, siendo las massai un 30%. Mi principal actividad era acompañarlas espiritualmente, lo que hacía a través de PPI (Pastoral Program Instruction) y del Departamento de Orientación.

Para enrolarme en sus actividades y llegar a conocerlas mejor, me involucré en el sistema del colegio como profesora, con algunas de sus facetas, lo cual llevó su tiempo. Con el pasar de los días contemplaba maravillosamente que yo estaba en medio de ellas para testimoniarles el amor de Dios, estaba allí para amarlas, para respetarlas, valorarlas, para ser un medio de la bendición de Dios. ¡Cuánto puede hacer un solo gesto de acogida!

Estuve con ellas durante tres años y ha sido una bendición verlas explorar sus capacidades, su fe en ellas mismas, su capacidad para tomar decisiones y superar debilidades; su sed, su deseo por conocer a Dios, por encontrarse con Él en la Palabra, por estar y caminar con Él.

He terminado mi tiempo de Votos Temporales y estoy actualmente en Italia en el curso de preparación para la profesión de los Votos Perpetuos, que empezó el 15 de agosto y terminaremos en el mes de diciembre.

Para mí, ser misionera Comboniana hoy, significa abrir el corazón al otro con todo lo que es y tiene, estar disponible a Dios para que pueda expresarse a ese otro a través de lo que Él me ha dado: su AMOR.

“África me hizo sentirme en casa”

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Mi nombre es Mª Milagros Justina Zabalza Erice. Nací en Pamplona, España,el 27 de noviembre de 1944 en una casa de campo en una familia numerosa. Actualmente vivimos 9 hermanos. Papá, Mamá y dos hermanas fallecieron.

A la edad de 20 años tuve una fuerte experiencia de Dios, como una llamada a seguirlo. Esto trastocó mi vida. No quería ni pensar en ello, pero como no podía, me tomé un tiempo para reflexionar sobre lo que me estaba pasando y esperé dos años antes de decidirme entrar en las Misioneras Combonianas. Durante este periodo, tuve ocasión de visitar varias congregaciones misioneras y de conocer y admirar, a través de la revista “Mundo negro”, la impresionante figura de Daniel Comboni, la causa y el espíritu que lo animaba y movía a ir a África.También fui a ver las Misioneras Combonianas expulsadas de Sudán que vivían en Corella (Navarra). Fueron ellas, su acogida, alegría y el ambiente agradable que se respiraba entre las hermanas, las que me aclararon el estilo de vida que quería vivir y el paso indeciso a dar.

Así entré en las Misioneras Combonianas el 27 de julio de 1966, en Madrid y tuve mi formación en Madrid, Verona, Roma y Cairo. Los estudios de enfermería los hice en Roma y Bolonia y los de leprología en Fontilles y Alert. (Etiopia). También di un salto a Londres para aprender la lengua inglesa.Para los servicios a la Misión me encontré en Egipto y Sudán del Sur (Rumbek y Nzara) y para los de la Formación de postulantes en Murcia y Quito y como secretaria de la formación en Roma.

Las experiencias de misión que más me han marcado, han sido los años vividos en Rumbek y Nzara. Os diré que, la primera vez que crucé la provincia de Los Lagos y llegué a Rumbek, después de un tormentoso y lluvioso día, apenas toque tierra, sentí que estaba en el lugar y con la gente que siempre había soñado. Y así fue cada día vivido entre los Dinkas, etnia alta, orgullosa muy amigable y hermosa. Ellos me hicieron sentir realmente a casa.

Los años pasados en aquellos poblados y vastas sábanas se hicieron cortos, densos, felices, sobre todo, junto a los pacientes afectados de lepra. Los viajes-safaries continuos para el control de esta enfermedad y para llegar a todos ellos dispersos por zonas lejanas, remotas, rompían con todo lo establecido como norma. En aquellos lugares se requería amplitud de miras, de movimiento, de entrega total a Dios y a la gente que sufría, no había espacio para más ni lo echabas en falta.

Allí dejé y adquirí lo mejor de mis años jóvenes como mujer y como misionera,a cambio de estar con quien sufría con gran dignidad. Aquella gente, su paciencia, sencillez, resistencia a las adversidades, su sonrisa, sus cantos y danzas, su capacidad de aceptar sus cuerpos rotos, su cariño y cercanía fueron alimentando y nutriendo algo muy valioso e inexplicable en mi corazón, el llamado “mal o nostalgia de África”.Estas bonitas experiencias fueron favorecidas por el apoyo y el personal de la “German Leprosy Relief Association” y por la buena armonía que teníamos entre nosotras hermanas y con los Misioneros Combonianos.

Años más tarde volví de nuevo a Sudán, aNzara, ciudad perteneciente a la Provincia de West Equatoria. En aquella época, la situación en todo el Sur era de gran inestabilidad y peligro. Con todo me sentí privilegiada de que la guerrilla SPLA me hubiese dado el permiso de entrar en esta zona de guerra. En este periodo lo que nos sostuvo el estar y permanecer en estas lugares inaccesibles, solas, como personal extranjero, fue la fe en Quien nos enviaba y la gente a las que nos enviaba: Zandes, Dinkas, Nuer, etc…. De nuevo el légame y cariño entre nosotras y con nuestros co-hermanos Combonianos, fueron decisivos en tiempos duros y pudimos resistir muchas controversias y situaciones límite, incluso esquivar dos veces la expulsión de la zona, gracias a la gente sencilla que nos apoyaba y a la unión entre nosotros.

Actualmente me encuentro en Almería, al sureste de España, ciudad de la Provincia de Andalucía. En comunidad ahora somos dos hermanas, vivimos en un piso de alquiler. Ambas estamos comprometidas con un trabajo fuera de casa, remunerado. Desde Agosto del 2007 hago mi trabajo misionero como Asistente Pastoral en la capellanía del Hospital Cruz Rojacon pacientes paliativos y pluri-patológicos.

Mi servicio consiste en visitar y acompañar apacientes en fase terminal y apoyar a sus familias. En dar tiempo a la escucha, al silencio, al respeto de cada credo y cultura, a saber estar sin prisas con quien está sólo ante la muerte y enfermedad en fase terminal. Ser testimonio de la fe y de la esperanza que nos anima para que Jesús resplandezca en los enfermos no creyentes y creyentes que en Él confían, Este servicio, bello y duro a la vez, te ayuda a mirar y a vivir lo esencial, lo que merece la pena,te recuerda, que aquí estamos de paso y que todos somos peregrinos en esta tierra.

Respecto al significado de mi vida misionera, puedo decir que si volviera a nacer, de nuevo volvería a ser Misionera Comboniana con todo lo que he vivido hasta hoy sin dejar una sola coma. Desde la riqueza y belleza, la libertad, la cruz, que te da y supone el seguir a Jesucristo,que es lo mejor que me podía pasar en mi vida y del que me siento muy querida, hasta de las experiencias que parecen menos positivas de debilidad personal que he tenido a lo largo de estos años. Estas últimas me han ayudado a conocerme mejor y aceptar esa parte vulnerable de mi identidad. También, a ser más comprensiva y compasiva, a perdonar y estar atenta a la crítica destructiva.

Y desde luego, a gozar de la humanidad, fidelidad, bondad,y misericordia del Señor que nos da a conocer, por propia experiencia,el gran amorque tiene por cada uno y por toda la humanidad.Concluyo, dando gracias a Dios por la vocación Misionera Comboniana que me ha donado, por la multitud de personas que he podido encontrar y conocer en todos estos años, sobre todo, por mi familia que siempre me ha apoyado y acompañado, y,cómo no, por mis queridas amigas y compañeras de camino,las Misioneras Combonianas dispersas por el Mundo y los distintos miembros de la misma Familia.

Milagros Zabalza Erice, Misionera Comboniana

“¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio!” 

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Mi nombre es María Soledad Sáenz Rico (en “convento” me han llamado siempre Sole) soy mexicana y la segunda de 9 hijos.
Me gustaría decir que mi vocación nació desde “el seno de mi madre” y me explico por qué. Cuando tenía 6 meses de nacida me enfermé muchísimo, tanto que pensaban que moriría. Mi padre, en la desesperación, me cogió en los brazos y me llevó a una pequeña capilla construida por él y consagrada al Sagrado Corazón de Jesús. Ahí, según se me dijo, me presentó ante la imagen y le dijo: “Señor, si tú me salvas a esta, niña será tuya”. Y de ahí empezó todo…
Mi niñez y adolescencia trascurrieron en un pueblo en la sierra de Chihuahua en contacto con la naturaleza, pero por falta de escuelas tuvimos que cambiar a la ciudad para buscar un futuro mejor. Vivimos en Cuauhtémoc donde conocí un grupo de jóvenes de la parroquia que se dedicaban a animar la Eucaristía los domingos. Entré a este grupo que tenía como objetivo formar en la fe, con un compromiso concreto de ir a “misionar” a los pueblos de la parroquia. Por lo tanto desde los 14 años inicié a prepararme para dar charlas de catequesis y evangelización a los adultos y jóvenes así como preparar y celebrar la Semana Santa donde no había sacerdote y en fin realizar todo el trabajo pastoral que se nos pedía. Esto lo hacía buscando combinar el estudio, trabajo e Iglesia, llevaba una vida bastante movida, pero era muy feliz. Lo que más me gustaba era participar en las eucaristías, era una emoción muy grande recibir a Jesucristo en mi corazón y asumir la responsabilidad de testimoniarlo en mi familia y en los ambientes donde vivía.
Un día vine a encontrarme con un libro que se llamaba “San Felipe de Jesús y los mártires de Nagasaki (Japón)”. Me entusiasmó tanto que pensé yo podía ser también uno de ellos e ir a pueblos lejanos para compartir mi fe y mi alegría, la riqueza más grande que había recibido de mi familia y de mi parroquia y contagiar a los demás.
En mi pueblo no conocíamos a misioneros/as, solo estaban las religiosas del colegio que me invitaban a entrar con ellas y la idea no andaba mal, pues yo lo que buscaba era consagrarme totalmente a Dios, pero la misión, ¿dónde…? Así un domingo, este sacerdote que nos guiaba recibió la visita de un amigo suyo misionero comboniano que nos habló de la misión de Uganda y de la necesidad de misioneros para África. Yo no esperé ni un minuto, sentí que el Señor me estaba llamando por este camino; así que escribí a las Misioneras Combonianas recientemente llegadas a México. Obviamente tenía que esperar pues era demasiado joven (16 años), con todo perseveré, pues sentía que ese era mi camino no obstante no conociera nada de las hermanas ni de Comboni. Entré con las Combonianas en septiembre de 1977.
Después de mi formación y estudios en México, en 1987 salí para Italia donde me dieron mi destino. Iría a Londres a aprender el inglés y de ahí a Zambia. En Zambia viví casi 9 años y podría decir los más felices de mi vida. Me encontré con un pueblo pobre pero con la riqueza más grande, que es la alegría de vivir. El ministerio que realicé con el pueblo zambiano primero en las afueras de la capital Lusaka (Kanyama/Lilanda) y después en Kaparu (zona rural) fue la pastoral directa.
Un día visitando las comunidades cristianas donde se solía permanecer 4 días encontrando a todos los cristianos, llegamos el sacerdote y yo. Era ya hora de terminar y retirarse a descansar, la gente no sabía que yo iría y por tanto no habían preparado lugar donde acogerme, así que no sabían dónde enviarme. Mientras se discutía pasó una mujer quien escuchó “el problema” y ella se ofreció a llevarme a su casa con lo que yo acepté y la seguí. No vivía tan lejos, pero como ya era oscuro daba un poco de miedo, en fin me acogió con tanta delicadeza y me dijo de ir a dormir con sus hijas. Sobre unas esteras de paja ahí nos acostamos las 3 chicas y yo.

Durante la noche se oían ruidos y voces de hombres, yo no sabía si era dentro o fuera, en todo caso pasé una noche sin dormir. Al día siguiente 04.00 a.m. entró la mujer y me dijo que el agua estaba lista si quería lavarme y luego me llevaría a la Iglesia. Cuando estuve preparada, empezamos a caminar compartiendo quiénes éramos. Luego me dijo que debía confiarme un secreto, que ella no vivía muy bien pues hacia una vida prohibida… Mi corazón comenzaba a palpitar fuertemente pero la escuché. Me decía que para sacar su familia adelante tenía que acceder a la visita de señores a su casa y así se ganaba un poco de dinero, se echó a llorar pues decía que a pesar de lo que hacía, en ese día Dios se había dignado entrar en su casa a través de mi persona y que ella sabía que algo iba a suceder.

Yo le di un abrazo y le dije que Dios la amaba mucho y que tenía planes de vida y salvación para ella, que se acercara a la Iglesia y que podíamos iniciar un camino si ella y su familia querían. Al final ella fue bautizada y hoy es una mujer junto con sus hijos, todos comprometidos en llevar adelante la comunidad cristiana de ese lugar con los diferentes ministerios que ahí los laicos llevan adelante. Ha sido una de las experiencias que me ha marcado el experimentar cómo la salvación de Dios actúa en los pobres y simples de corazón que se abren a su gracia y la aceptan.

En 1996 se me pidió prestar un servicio en España en el ministerio de la Animación Misionera. El inicio no fue fácil. Dar el salto de África a Europa suponía entrar en un nuevo estilo de vida en todos los sentidos, pero debo decir que aquí descubrí el otro rostro de San Daniel Comboni, el carisma de la universalidad, colaborando con las iglesias y fuerzas locales y otros Institutos misioneros, fue un inmensa riqueza que siempre la llevaré conmigo y testimoniaré pues pienso que esto es lo que Dios quiere de nosotros consagrados y el mundo desea ver y vivir, ¡hacer juntos causa común!
En el 2004 regresé a mi amada Zambia pero fue por breve tiempo pues en el 2006 me llamaron a Roma para prestar un servicio en el secretariado general Misión Ad Gentes de nuestra Congregación, en colaboración con otra hermana. No ha sido un tiempo fácil, pero sí muy enriquecedor donde se entra en contacto con el mundo entero “urbis et orbis”, no solo de nuestra congregación sino muchas otras instancias religiosas y sociales.
El servicio que me ha sido encomendado en este sector es la actualización de nuestra página web: http://www.comboniane.org , material diverso en las áreas de Animación Misionera, Justicia y Paz y Evangelización y diversos encuentros relacionados con estos sectores en los cuales trabajamos.
Terminaría sintetizando que para mí ser misionera Comboniana significa vivir aquella frase que decía San Daniel Comboni: “Vengo para hacer causa común con ustedes”, partiendo de mi ser consagrada, viviendo en una comunidad donde se hace causa común y llegar hasta aquellos a los cuales soy enviada para vivir juntos la alegría de la presencia de Cristo Resucitado, que nos ama y quiere Vida y Vida en abundancia para todos.

María Soledad Sáenz Rico, Misionera Comboniana

¿Querrías ser mi relevo en África?

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Me llamo Trinidad, soy española, nací en Mota del Cuervo, Cuenca: ”El Balcón de la Mancha” y soy Misionera Comboniana.
La revista “Mundo Negro” de los Misioneros Combonianos, despertó en mí el deseo de ser misionera. Desde muy joven sentí la ilusión de compartir mi vida con gente de otros países que no conocen quien es Jesucristo. Y estudie’ aun sin gustarme por el motivo de llegar a ser misionera.
Siempre había soñado ir a África. Y tuve la suerte de ir a Kenia y estar con la gente africana muchos años. Un país lleno de contrastes. Desde unos safaris maravillosos hasta la gran pobreza en desarrollo económico, faltando los medios básicos para vivir como son una casa, alimentos y medios para poder desarrollar la creatividad humana.
VIVIR CON LA GENTE POKOT
Me gustaría compartir con vosotros la experiencia de mi vida en África. Hace cinco años que deje’ Kenia, África, dondeestuve viviendo con la gente llamada Pokot. Trabaje’ duro y, tuve la oportunidad de compartir y disfrutar más de dieciocho años de mi vida con ellos. Los Pokot son un pueblo nómada. Viven en un lugar semi-desierto.Tienen una vida dura pero al mismo tiempo son personas felices.
Como tantas Misioneras Combonianas, aprendí las lenguas y la cultura de estos pueblos, intentando de descubrir cómo acercarme a ellos y, a anunciar a Jesucristo. Los Pokot creen en un Dios Creador que es todo para ellos. Las dificultades vienen cuando entienden que Dios está interfiriendo con males en sus vidas: enfermedades, la sequía de los campos, fenómenos climáticos como una tormenta, aplicándolos como castigo hacia ellos.
Uno de los grandes desafíos para ellos es la educación en las escuelas. Las dificultades provienen de los ancianos que son responsables en sus comunidades. No están de acuerdo en que los niños vayan a la escuela, especialmente las niñas. Ellos, prefieren casarlas tan pronto como sea posible con el fin de tener muchos hijos y aumentar los miembros de su familia. Por otra parte, las niñas y las mujeres quieren ser educadas, luchan mucho para poder lograrlo. Saben la importancia de ser educadas en su pequeño mundo. Disfruté mucho bajo la sombra de los árboles o en las escuelas rudimentarias donde los alumnos/as tenían mucho interés y creatividad en aprender muchas cosas, todas nuevas para ellos, a pesar de tener escasísimo material escolar.
Trabajé también con diferentes grupos de mujeres que fueron muy entusiastas y activas en el aprendizaje de valorizar y cambiar sus vidas. Para conocer la Biblia se les enseña a estas mujeres a través de historias bíblicas orales y escenificadas por ellas mismas, porque son analfabetas. Puedo decir, que he aprendido a apreciar la cultura y los valores de los Pokot, como la hospitalidad y la paciencia ante las dificultades de la vida diaria. Los eventos de la vida, por ejemplo el día que ponen el nombre al bebe (seria como el día en que nosotros nos bautizamos), toda la familia y amigos lo celebran y hacen una gran fiesta: cantan, bailan, comen y disfrutan con el nuevo bebe.Realmente siento que he recibido de ellos más de que yo pude darles.
Hoy África todavía necesita a misioneros/as que compartan su fe y su vida con los africanos. Debemos ser generosos. Os invito a conocer la necesidad que hay hoy de continuar la evangelización en África, ¿podrías ser tú, uno o una que me diese el relevo? “Gracias” 😉

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Después de pasar cuatro años en Almería trabajando en la animación misionera hace un año y medio que llegue a Londres Estoy en una comunidad de 14 hermanas, de las cuales 6 de ellas son ancianas y enfermas. Otras trabajan en la animación misionera animando a las parroquias, escuelas, grupos de jóvenes y tenemos don hermanas que están estudiando Teología preparándose para la ir a la misión que tanta falta hace. Participo en una parroquia de los Agustinos en donde tengo la oportunidad de trabajar en varios ministerios: Pertenezco al coro parroquial que desarrolla varias actividades como: Liturgia, pastoral social y religiosa.
Mi vida misionera ha significado hasta hoy, serenidad y la posibilidad de conocer mejor a Dios en Jesús. La alegría de ir haciendo posible mi sueño compartiendo mi fe con alegría con las personas que me encuentro en mi vida.
¡Ah! Se me olvidaba… soy feliz.
Hna TriniRodriguez

Huésped del mundo

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Mi nombre es Sara Temelso Iohannes y nací en Eritrea.

Como dice la palabra de Dios:“antes de formarteen el vientre de tu madre yote elegí y te consagre”Jer.1, 5. Él conoce nuestras salidas y entradas desde siempre.Por lo tanto la semilla de la llamada de Dios esta regalada desde la temprana edad para cada persona, depende solo descubrirla y desarrollarla.

Yo descubrí mi vocación, cuando me preparaba a la primera comunión, escuchando la historia de los tres pastores de Fátima. Aunque no comprendía lo que sentía, fue allí que nació en mí,el deseo de pertenecer solo a Dios. Después por cosas de la vida, tuve la alegría de conocer más de cerca las Misioneras Combonianas. Pero a medida que iba creciendo e iba adelante con mis estudios se me fue olvidando también lo que sentí aquel día.

El tiempo fue pasando y… cuando menos lo esperaba, de nuevo la vocación me inquietó, gracias al testimonio de entrega y fidelidad de las hermanas. Lo que más me llamaba la atención, es que, pudiendo regresar a sus países, se quedaban junto a nosotros en aquella situación horrible de guerra por la independencia de Etiopía. Este hecho fue el que me marcó y me ayudo a discernir y decidir: yo también quiero seguir a Jesús y ayudar a quien necesita como hizo Comboni y las hermanas.

Ingresé al postulantado en el 1978 y me consagré a Dios en1980 en Eritrea.Más tarde en enero de 1987, deje mi país y salí para Italia donde me quedé por 4 años. Hice una experiencia bonita con las hermanas enfermas y ancianas en Verona. Luego fui a Roma y allí estudie en la Universidad Urbaniana de Roma. Pero mi deseo era ir a América Latina y como idioma el español.

En 1990, por fin los superiores me enviaron a Ecuador. Allí mi primer deber fue aprender el idioma, la historia por algunos meses y descubrir mano a mano, que el Ecuador es un país rico en multiculturalidad, en naturaleza y sobre todo un pueblo de Paz.Viví mi primera experiencia misionera en el Valle del Chota, un pueblo de la Sierra en donde atendíamos 9 comunidades de la zona, esta fue una experiencia maravillosa junto a mis 3 hermanas, cada una de un país distinto.

Apenas llegue al pueblo la gente me acogió con los brazos abiertos. Comencé a visitar familia por familia, para conocerlos y comprender las costumbres, esto me llevo a amarlos y a apreciar todo lo que son y tienen. La pastoral que se llevaba adelante se basaba en preparar líderes, catequistas, tomando en cuenta la identidad y la cultura. Tuve suerte porque en esta misión se hacia una pastoral especifica donde se tomaba en cuenta y se concienciaba a los negros para que tomen su lugar en la sociedad y en la Iglesia, aunque falta mucho todavía.

A inicios del año 1998, fui rumbo Colombia a abrir una comunidad con 2 hermanas mas, para darnos a conocer en la animación misionera, ayudando en la pastoral parroquial. Allí también deje una parte de mi corazón. Porque una misionera es Huésped que se integra y se entrega, allí donde la acogen, sin exigir ni imponer nada. Eso fue lo que viví en América Latina. Yo he recibido mucho más, de lo que di. La alegría la creatividad la generosidad de este pueblo.

Actualmente me encuentro de nuevo en Ecuador desde 2003, la mayor parte del tiempo en el noviciado y estos últimos años en la Pastoral Afro, caminando con ellos buscando empleos para que vivan con dignidad y anunciando el reino.Porque son pocas personas que se dedican a hacer una pastoral específica para ellos y con ellos. Por lo tanto el camino es muy lento.

La fe, la llamada es puro Donde Dios. Además por medio de la vocación Dios me ha hecho familiar del mundo, me quito misbarreras y del pueblo que me acogió.Me ayudo a tener mi corazón abierto a toda la humanidad, sobre todo a los últimos. El espíritu de Comboni lo tengo en mi sangre. Después de 33 años no me arrepiento de haber dicho sí a la fidelidad de Dios. Y pido que me conserve hasta el último de mi vida.

Dios siempre gana la batalla

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Mi nombre es Carmen Méndez Martin y soy española.

Mi vocación nació casi conmigo, pues siempre me recuerdo desde niña, queriendo ser misionera. Pero sin ser “monja”,y este obstáculo me parecía insuperable.

En el colegio siempre pertenecí a la “Cruzada misional de Estudiantes” y era la abanderada de Misiones. Quería ser feliz y había orientado mi vida hacia el matrimonio. Pero Dios no me dejaba en paz y dentro de mí tenía siempre esa “espinita”. El Señor me mandaba mensajes claros pero yo luchaba en contra. Como él es más fuerte, me ganó. Y puedo decir que desde el día que me decidí, tuve paz, aunque si todavía tardé algunos años en realizar lo que me había propuesto.

Por consejo de mi confesor estudié enfermería, pues esa carrera podría serme útil en la misión además, me dijo: “Si aguantas la Escuela (de enfermería que entonces era en internado) a lo mejor aguantas el convento”. Me puse a estudiar A.T.S. y pensaba cuando terminase, buscar una congregación exclusivamente Misionera pues no conocía a ninguna. Como cerca de mi casa estaban los P. Blancos, pensaba preguntarles a ellos. Sin embargo, estando en la Escuela llegó un día la revista “Mundo Negro” y vi que era precisamente lo que yo estaba buscando. Concerté una entrevista con P. Faré, y él me puso en comunicación con las Hermanas.

El día que entré, no había visto nunca a ninguna Comboniana ni sabía cómo vivían, ni nada. Estaba segura que fuera lo que fuera, lo que me iba a pedir, yo estaba decidida a pasar por todo y a ser misionera, aunque tuviera que ser “monja”. ¡Contra Dios no se puede ir! Hice el periodo de primera formación en Italia y poco después de un mes de haber hecho la Profesión estaba ya navegando hacia mi primera misión, en compañía de otras cinco Hermanas.

He estado siempre en América Latina, primero en Ecuador, un tiempo en Esmeraldas mientras terminaban de construir el Hospital de S. Lorenzo al que estaba destinada. Luego de un breve paréntesis en Europa y tres años en México, regresé al Hospital de S. Lorenzo. Y cuando el Hospital pasó a las Hijas de la caridad, trabajé en las misiones de El Carmen, Sta. María de los Cayapas, Esmeraldas, Quito y Costa Rica.

Cuando Costa Rica pasó a pertenecer a la Provincia de México, pasamos a esa Provincia y más tarde fui destinada a la Comunidad del Postulantado de Guadalajara donde estuve casi doce años. Allí ayudaba dando clases a las Postulantes, haciendo traducciones para la Congregación, y también un poco de apostolado con los enfermos de la zona. En este momento ya me encuentro en la retaguardia de la Provincia de Europa, pero sé que ahora esta es mi misión.

La vida misionera para mí lo es todo: es mi vida. Esto significa para mí la certeza de estar donde tengo que estar, por lo tanto, paz, serenidad, alegría… Una fuerte necesidad de dar continuamente gracias a Dios, por no permitir que equivocara mi camino: Esto no quiere decir que no haya encontrado dificultades, ni momentos duros, pero aun en los momentos más difíciles siempre he tenido paz en mi corazón, pues siempre he tenido la seguridad de que Dios me da lo que es mejor para mí.

Tuve la suerte de partir para la Misión inmediatamente después de la Profesión y por esto me considero afortunada. He encontrado siempre apoyo en mi familia y también en la comunidad. Le estoy muy agradecida a Dios y a cada persona que ha puesto en mi camino.

“Santa y capaz”, en eso quiero convertirme

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Me llamo Amelia Romo Márquez, soy misionera comboniana, soy mexicana y tengo 35 años de edad.

Desde que era muy joven me han gustado las misiones. Pertenecía al grupo misionero de mi Parroquia, en el cual, nos preparábamos durante el año y en el tiempo de verano salíamos por 2 o 3 semanas en el interior del país. Es por eso que a mis 17 años, tuve mi primera pequeña experiencia misionera al sur del País; me gusto tanto esta experiencia, que continúe a realizarla cada año. En ese tiempo tenía dos grandes deseos, que mas tarde el Señor me los concedería; ser misionera y estar en África como tal. Después este tiempo de misiones me parecía un poco corto y sentía la necesidad de entregarme cada vez más. Hasta que un día leyendo un libro, llamado: “ellos sí, porque yo no”, que sintiendo el llamado de Dios, entregue mi vida entera por el Reino y la misión.

En el año 2002, deje familia, amigos, ciudad, etc., para responder a este llamado y comenzar mi formación. En el 2006, hice mi primera profesión religiosa. Mi primera experiencia en África la viví en Lomé, capital del Togo. Aquí realice mis estudios universitarios y hice un poco de pastoral con los niños y jóvenes.

Ahora realizo mi misión en el Congo; donde llegue a finales de abril del 2012, en una pequeña ciudad llamada Isiro, situada al noroeste del Congo (ubicada en la provincia oriental). Mis estudios en ciencias de la educación y la pastoral que realizo, me permiten estar más tiempo en particular con los jóvenes. Además de escuchar a la gente, acompañarla y estudiar la lengua materna (lingala), he empezado a Impartir un curso que se llama, “educación a la vida”, en una escuela secundaria y a colaborar con la Parroquia en el área juvenil; compuesta por niños, adolescentes y jóvenes. Después de solo 8 meses de estar en contacto con esta cultura, a finales de diciembre, he tenido que dejar la misión para la preparación a los votos perpetuos. Ahora me encuentro en Roma esperando que después de los votos pueda regresar a la misma misión.

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El estar en esta cultura tan diferente a la mía, me ha permitido de valorizar y amar más mi propia cultura. Estar en medio de este pueblo me da la posibilidad de comenzar a crear un ambiente de cercanía y confianza. Me da la oportunidad de escucharlos y aprender de cada uno de ellos. Me permite también reconocer mi pobreza frente a una lengua que no conozco y tener la paciencia y empeño para lograr un día entender más su cultura y que de esta manera el mensaje que anunciamos del evangelio pueda ser mejor transmitido.
El ser Misionera Comboniana, significa como decía nuestro fundador: “Ser Santas y Capaces” Mujeres enamoradas de Cristo y de su proyecto de amor. Capaces de afrontar los desafíos de la misión. Mujeres capaces de vivir una vida en relación con la oración y la misión. Mujeres profetizas de nuestro tiempo.
Y ahora después de sentirme colmada de todo tipo de bendiciones, nace otro deseo en mí, asemejarme un poco a la imagen de la misionera que San Daniel Comboni soñaba.

Laura, deseos de radicalidad

foto laura diaz

Mi nombre es Laura, soy madrileña y tengo 35 años.

Descubrí mi vocación a la vida religiosa misionera cuando estaba estudiando Administración y Dirección de Empresas en la Universidad Autónoma de Madrid. Los estudios me abrieron la mente y el corazón a las injusticias que nuestro sistema económico occidental ha provocado en muchos países del mundo. En aquél tiempo, tuve la oportunidad de vivir una Pascua en la comunidad ecuménica de Taizé, Francia.
El contacto con la Palabra de Dios y el testimonio de tantos jóvenes comprometidos en la construcción de un mundo más justo dejaron una huella muy profunda en mí, hasta el punto de comenzar a considerar diferentes posibilidades de involucrarme más radicalmente al servicio del Reino.Una de las catequistas de mi parroquia estaba en contacto con las Misioneras Combonianas, porque albergaba desde su niñez un gran deseo de ser misionera, yse reunía mensualmente con otros jóvenes en la casa de los Misioneros Combonianos de Madrid para compartir la Palabra y reflexionar sobre distintos temas de actualidad.
La primera vez que participé a los encuentros, me sentí bienvenida por la provocadora imagen de Daniel Comboni, que los MCCJ tienen en la entrada de su casa, encuadrada por su lema: ‘África o Muerte’, palabras que resonarían varias veces a lo largo del camino que, sin saberlo, estaba a punto de comenzar. Más profunda aún fue la emoción que sentí al entrar en la capilla en forma de cabaña africana. Todos mis deseos de radicalidad parecían concretarse en un proyecto que me suscitaba atracción y miedo con la misma intensidad.
Al principio, estaba solo interesada en un compromiso laical, ya quela vida religiosa se presentaba como algo aburrido, sórdido, lleno de renuncias y para ‘bichos raros’ socialmente inadaptados. Gradualmente, entré en relación con misioner@s que, compartiendo sus alegrías, sueños, miedos y dudas, me regalaron una imagen de la vida religiosa muy distinta de la que yo tenía, los prejuicios empezaron a romperse y la voz de Dios se hizo hueco en mi vida. Fueron tres largos años de incertezas y altibajos donde siempre combiné mis deseos misioneros con mis estudios y la agitada agenda social y vida nocturna de una estudiante universitaria madrileña. Después de mi graduación y una breve experiencia laboral en una empresa, decidí ingresar en el postulantado de las Misioneras Combonianas, en Murcia, llevando muchas dudas y una grande pasión en mi equipaje.
El camino formativo me llevó hasta Italia, donde profesé mis primeros votos y recibí mi primer destino fuera de Europa: Etiopía, previo paso por Londres para el estudio del inglés. Después de cinco años viviendo en Etiopía, he regresado a Londres para estudiar Teología en vistas de una recalificación de nuestro servicio al pueblo y la iglesia etíope.
Los cinco años trascurridos en Etiopía han sido extremadamente significativos y desafiantes y, obviamente, han dejado una huella muy profunda en mí. Etiopía es un país fascinante, rico y complejo desde el punto de vista cultural y, desafortunadamente, muchas veces incomprendido o poco valorado por la mentalidad occidental. Siendo un cruce de caminos entre Medio Oriente y África, posee características culturales únicas en el contexto africano.
El cristianismo, presente ya desde el siglo IV, se ha enraizado profundamente en el tejido social, asumiendo características particulares de marcado acento etíope, de forma que la vida cotidiana está impregnada de la presencia de Dios. La hospitalidad es sagrada en Etiopía y, son innumerables los gestos de acogida y afecto que he recibido visitando las familias y viajando en medios de transporte público, durante el largo trayecto que separa la capital de la zona donde trabajaba o durante los trayectos más cortos de mis andanzas en la ciudad, donde ‘extraños’ se hacían prójimos con gran facilidad.
La vida religiosa y, en concreto la vida misionera, es un camino de búsqueda de libertad y del Misterio de Dios, presente en mí misma y en el mundo que me rodea. En mi experiencia personal la Misión ha sido un encuentro transformante y un invito a una conversión personal, a un cambio de mentalidad. Los misioner@s a veces corremos el riesgo de creernos los ‘salvadores del mundo’, ‘héroes’ que viven en lugares donde nadie quiere vivir. No cabe duda que nuestra contribución al desarrollo de los pueblos, a través de la sanidad, educación, agricultura y promoción social es notoria. Sin embargo, pocos años en Etiopía me han ayudado a entender que no estoy llamada a resolver los problemas de la gente, que son graves y complicados, sino a ‘ser’, a ‘estar’ y a compartir mi vida, mi esperanza, y mi fe con la vida, esperanza y fe de la gente que tan amablemente me acoge en su tierra.
Daniel Comboni, nuestro fundador, hablaba de ser ‘una piedra escondida’, ‘un individuo anónimo parte de una cadena, de un gran proyecto’. De ahí, la gran importancia de trabajar en equipo, en red, con otras fuerzas y, sobre todo, con los propios africanos, que pueden llegar a desarrollar todas sus potencialidades si se les deja espacio y de les da oportunidad para ello. La colaboración conduce necesariamente al diálogo, palabra clave para entender la Misión en el siglo XXI, la era de las comunicaciones, y que es la base del encuentro profundo y transformante que me lleva a descubrir el rostro de mi herman@ en el extrañ@ que vive en la puerta de al lado y que quizás tenga color de piel, ideas políticas y religiosas, costumbres y/o una orientación sexual distinta de la mía.

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8 comentarios to “¡Vale la pena!”

  1. Anel abril 5, 2013 a 10:02 pm #

    Gracias por compartir tu experiencia 🙂

  2. Aitana abril 10, 2013 a 5:58 pm #

    Muchas gracias! Soy una persona cercana a los Misioneros Combonianos que ahora me encuentro terminando una etapa de siete meses de cooperante Mozambique. Me hubiera gustado poder compartir en un realidad con una fe más cercana a la mía, pero pese a la vivir rodeada de musulmanes he sentido la importancia y la presencia de Dios (el suyo, el nuestro, el mismo en el fondo) cada día y en cada cosa. El mundo comboniano es un pañuela así que seguro que un día nos encontramos por el mundo. Un abrazo

  3. luisa agosto 23, 2013 a 8:41 pm #

    hola me gustaria saber que requisitos necesito para entrar con uztedes

  4. Alberto diciembre 25, 2013 a 7:24 am #

    muchas gracias. Tuve una oportunidad de saber poquito de vuestra rica experiencia.

  5. Mónica junio 2, 2014 a 2:32 am #

    Hola soy mexicana y me interesa irme de misiones a África. Agradezco si me pueden proporcionar información. Gracias

  6. HILDA octubre 11, 2014 a 4:34 am #

    En este día tan especial para todos,ya que es 10 de octubre día de San Daniel Comboni, pido oración y me uno a las personas que lo están haciendo por toda Africa en especial por los lugares en donde el ebola está causando tanto dolor, conozco de cerca el trabajo de las hermanas y el amor que desprenden de su intimidad con Dios Nuestro Señor saludos para para la hermana Tsahaitu,la Hna. Marijuli, la Hna Milagros (compatriota firulais) y las demás hermanas con las que compartí parte de mi vida, las admiro y las amo en el Corazón Inmaculado de María Santisima. QUE EL SEÑOR LAS LLENE DE BENDICIONES .

  7. PabloJiménezAlvarez octubre 13, 2015 a 2:47 pm #

    Hojeando imágenes de Tineo concejo, me encuentro la “semblanza” de Mary Juli, misionera comboniana en Oaxaca, que me ha enorgullecido por entregarse en la ayuda de los más desfavorecidos. También veo el vídeo que nos integra en ese mundo tan desconocido. Mis hijos disfrutaron de Aguiluchos y, después, mis nietos que siguen subscritos. Sólo decir que DIOS siga con las misioneras combonianas.Desde Oviedo (12-10-2015) Pablo de Riocastiello (Tineo).

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