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Dos mujeres valientes

19 Jun
Loreto School in South Sudan

Una estudiante del Loreto School en Rumbeck, Sudán del Sur

Escribo hoy sobre dos mujeres de Sudán del Sur. Una de ellas, misionera cuya vida acabó trágicamente la semana pasada por la inacabable violencia que sufre el país; la otra, una joven que, contra todo pronóstico, ha conseguido graduarse en la Escuela de Loreto en Rumbeck: dos mujeres de gran personalidad, con orígenes muy diferentes, mujeres cuyas palabras transmiten un poderoso y conmovedor testimonio.

La primera de estas mujeres es la hermana Veronica, de la Congregación del Espíritu Santo, médico y administradora del hospital y muy conocida por todas nosotras. A principios del 2014, poco después del estallido de violencia en Sudán del Sur, Veronica escribió las siguientes palabras llenas de fe:

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Sr.Veronica en el hospital

“Hace poco alguien me preguntó porqué seguía aquí. Sigo porque Jesús siguió su camino y no lo abandonó cuando llegaron las dificultades. Él aceptó el sufrimiento, las adversidades y cargó com la cruz hasta el final. Fue fiel al deseo del Padre. Él siempre estuvo com la gente, no los abandono. Siempre estuvo preparado para aceptar la muerte, porque los quería. Yo soy discípula de Jesús y sigo sus huellas con la fuerza del Espíritu Santo. No puedo dejar a la gente de Sudán del Sur porque los quiero. Ellos son felices con nuestra presencia aquí, por rezar com ellos, por estar construyendo juntos este joven y frágil país. La gente necesita nuestro apoyo, nuestro sacrificio y ayuda económica. Llegados a este punto, me gustaría agradecer a todos los que nos sostienen com su oración y ayuda. Estamos llamadas a ser un signo de esperanza en estos tiempos de oscuridad. Dios nunca nos abandonará porque Él es nuestro Enmanuel, nuestro Dios con nosotros”.

La segunda es una joven que conocí en una de mis visitas al Loreto School y que me escribió lo siguiente (sólo he cambiado su nombre):
“Soy Mary Theresa Legge. Soy la primera de una familia numerosa, con seis madrastras y unos cuantos tíos y tías. El tamaño de mi familia me dificultó muchísimo seguir con regularidad el colegio: yo era la que tenía que hacer las labores domésticas, lo que a veces me impedía ir a la escuela.

Mi madrastra me obligaba a hacerlo mientras mis hermanos pequeños iban al colegio. Mi madre se había quedado embarazada de mí cuando era una chiquilla. A mi abuelo no le gustaba mi padre, así que la casó con otro hombre, que me dio a mis madrastras, con las que estoy ahora. Esas mujeres no eran nada buenas conmigo y no paraban de mandarme trabajar con unas y otras. A veces, llegaba tarde a clase porque antes tenía que fregar o barrer, ir a por agua y preparar el desayuno antes de salir para el colegio. Cuando llegaba, las puertas estaban cerradas y muchas veces mis profesores me pegaban por llegar tarde. Eso me hacía llorar con mucha amargura, porque nadie entendía por lo que estaba pasando.

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Si me iba sin hacer las tareas de casa, mi madrastra me pegaba y me dejaba sin almorzar y sin cenar. El almuerzo no me importaba tanto porque estaba acostumbrada a pasar sin él. Por la mañana, de camino al colegio, pasaba por el mercado y me compraba algo para merendar después de las clases. Soltaba la mochila al llegar a casa y me iba directa a la cocina a preparar la cena. Sólo descansaba cuando llegaba la noche y compartía un estrecho colchón com otras dos primas. Mi padre solía salir muy temprano por la mañana y ya no volvía hasta por la noche. Él no sabía nada de lo que estaba pasando, pero tampoco yo intenté contárselo porque podría pegarme y eso era lo último que yo quería. Por eso me lo callé todo.

La mayor parte de las amigas de mi edad estaban que pasando por algo muy parecido intentaban encontrar marido y a mí me aconsejaban lo mismo. Me decían que era la única forma de encontrar un poco de paz y amor, pero yo me negué. Mi padre se esforzaba mucho porque yo asistiera al colegio, a pesar de que académicamente yo no era muy buena. Los recursos para educarnos también eran escasos. Me costó mucho acabar la Primaria.

Milagrosamente, pasé los exámenes. Eso me dio más esperanza e interés por ampliar mis estudios. Después de la Primaria, no tenía ni idea de lo que pasaría. Mi padre no podía costearme los estudios porque había desaparecido la única máquina que le proporcionaba una fuente de ingresos. Se la habían robado uno de los socios. Pero Dios se encargó de abrir otra puerta cuando yo ya estaba a punto de desistir. Mi padre encontró trabajo y yo me enteré de que existía el colegio de Loreto. Recé muchísimo para ser admitida y Dios respondió a mis plegarias. El primer día que llegué me llevaron a la residencia, a la que me acompañó mi tutora. El hecho de que Loreto fuese um internado me hacía muy feliz y sentí que sería mi hogar, un hogar al que quise muchísimo durante todo el tiempo que estuve allí y del que me sentí realmente parte.

La escuela me ayudó a descubrir quién era yo. Durante el tiempo que estuve allí, comencé a mejorar académicamente. Entendí que lo único que necesitaba para resucitar era un sitio como éste y que un internado es el mejor sitio para que las chicas despierten y descubran quiénes son realmente, como me ocurrió a mí. A día de hoy, he terminado mis estudios de Secundaria y trabajo en la escuela, ganando experiencia mientras espero a que Dios me abra otra puerta por la que continuar mi camino. Creo que incluso en la hora más oscura de nuestra vida, Dios puede seguir mostrándonos su gracia y su poder.”

Loreto School in South Sudan

Estudiantes en clase de Química

Todo esto es lo que se puede conseguir, si se facilitan las oportunidades. Actualmente hay cerca de 400 misioneros en Sudán del Sur. Cada uno de ellos podría decir, como dijo Sister Veronica: “Estamos llamados a ser signo de esperanza especialmente en estos tiempos de oscuridad”. ¿Qué esperanza podrían tener niñas como Mary Theresa en una sociedad polígama, si las hermanas de Loreto no hubieran escogido ir a Rumbeck y, sostener el colegio con las generosas donaciones de tantos, hasta convertirlo en un internado de referencia para las chicas? No es fácil ser mujer en Sudán del Sur, pero las misioneras se están encargando crear esperanza en una vida mucho mejor.

Sr. Verónica escribió: Jesús no los abandonó. Estaba dispuesto incluso a aceptar la muerte porque los quería”. Verónica, una mujer llena de talento, dio su vida como tantas otras para que, como Mary Theresa decía supiéramos que “incluso en la hora más oscura de nuestra vida, Dios nos sigue mostrando su gracia y poder”, un poder que no es impuesto por las armas de los soldados, sino que se entrega en la profunda ternura de aquellos que se preocupan por los demás.

Recordamos a estas dos mujeres valientes en su inquebrantable fe, y en el poder de su amor.

Hermano Bill

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Siguiendo las huellas de Comboni

3 Ago

 

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Jóvenes de Portugal, España, Reino Unido, Alemania y Polonia nos ponemos en ruta para encontrarnos en Verona y dar comienzo a una peregrinación (5-13 de agosto) en la que compartiremos nuestra espiritualidad, un sueño apasionado por Dios, la vida y la humanidad.

 

Siguiendo las huellas de Daniel Comboni, en el décimo aniversario de su canonización, caminaremos con lo esencial y espíritu misionero, abiertos al encuentro y a la acogida de los otros.

Si crees en mí. El compromiso de la Pascua

18 Abr

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Desde Granada, hemos querido entrar en sintonía con toda la Iglesia, que vive el año de la fe propuesto por Benedicto XVI, con el cual nos invitaba a redescubrir la belleza de nuestra fe y la alegría de comunicarla.

La Pascua juvenil misionera que, como familia Comboniana, hemos propuesto y vivido junto a los jóvenes tenía por título: ¿Crees en mí? Demuéstralo. Suena a desafío y, es que realmente la fe nos desafía cada día a implicarnos en la transformación de la humanidad, a pasar de la palabra a la acción, pues como decía el apóstol Santiago en su carta: “¿De qué le sirve a un hombre alegar que tiene fe si no tiene obras” e insiste aun “la fe que no va acompañada de obras, está muerta del todo”. (St 2, 14.17).

Aquí se siente que la fe sigue viva, prueba de ello son el grupo de jóvenes que del 24 al 31 de marzo llegaron a Granada, con sus mochilas llenas de entusiasmo, alegría y disponibilidad, para prepararse y vivir juntos el misterio pascual. Creo que ha sido importante, cómo a través de las distintas actividades: oración, catequesis, reflexión personal, compartir de vivencias, visitas a las familias, testimonios misioneros, etc, nos hemos ido preparando para celebrar la gran noche pascual, donde todos, junto a la comunidad parroquial de Nuestra Señora de la Merced, que nos acogió, exultamos de alegría sintiendo a Cristo resucitar de nuevo en nuestras vidas.

Hemos vivido estos días al ritmo de una única interpelación ¿Crees en mí? Pero aunque si cada mañana nos levantábamos e íbamos a dormir con esta misma pregunta, el eco que provocó en cada uno de nosotros, seguramente era distinto cada día, porque juntos fuimos descubriendo lo que implica responder afirmativamente.

 

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Y así, al final del primer día, un eco resonaba en nuestros oídos: “si de verdad crees en mí. CompárteTe”. El viernes, descubrimos que compartirnos nos llevaba un poco más lejos, “si crees en mí, entrégaTe”…pero ¿cómo podemos entregarnos, si aún no te hemos encontrado?. Y entonces, comprendimos que Él sale a nuestro encuentro y nos repite aún: “Si crees en mí, encuéntraMe”. Y de qué vale encontrarte si no nos comprometemos. Y allí, el eco se hizo claro: “Si crees en mí, entonces embárcaTe”. Y fue así como todos, al final de la Pascua, terminamos embarcados con Jesús.

Puede sonar quizás, solo un juego de palabras, pero realmente cada una está cargada de significado, para quienes hemos vivido la experiencia del resucitado.

 

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Personalmente puedo decir, que ha sido un tiempo precioso, que me ha permitido contemplar el paso de Dios en mi vida y cómo me fue preparando para acoger el don de la vocación misionera, hasta que decidí embarcarme. Fue inevitable emocionarme, el domingo de pascua, mientras entronizaban el cuadro de Comboni en la parroquia, porque me di cuenta de la grandeza del don recibido, no solo a través de una vocación misionera, sino al mismo tiempo de un carisma específico: el de Comboni, que implica una responsabilidad hacia el mundo entero, pero en particular hacia aquellos que aún no conocen a Cristo.

 

Solo me queda dar gracias a cada uno de los jóvenes que con tanta sencillez y espontaneidad han enriquecido cada momento, por la profundidad con la que han vivido y compartido sus propias vivencias, y por la alegría que ha dado un toque especial a cada jornada, en especial la noche de pascua.

 

Gracias a los parroquianos por abrirnos sus puertas de par en par y permitirnos celebrar juntos nuestra fe. Gracias a mis hermanos y hermanas, miembros de la familia Comboniana, por esta bella experiencia de trabajo en equipo, donde vamos aprendiendo que cada uno, desde su diversidad, colabora a crear algo armónico y valioso.

 

Sigamos viviendo este tiempo pascual, en la alegría que nos dona el Resucitado y, sintiendo en lo profundo de nuestro ser, esa fuerza que nos impulsa a comunicar que Cristo verdaderamente está vivo en medio de nosotros.

 

Omaira Martin
Misionera Comboniana

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Pascua Misionera juvenil

24 Feb

Pascua Misionera juvenil

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Retiro vocacional

22 Ene

Retiro vocacional

Vivir con autenticidad el Amor

13 Oct

“Viviendo con autenticidad el amor, crezcamos en todo hacia Cristo” (Efesios 4, 15).

El día 9 de Octubre, víspera de la Fiesta de nuestro Fundador San Daniel Comboni, celebramos nuestra entrada oficial en el postulantado de las Misioneras Combonias, Pie Madri Della Nigrizia, en la capilla de la comunidad de Granada (España).

Nos acompañaron físicamente las hermanas que componen la comunidad formativa, Palmira y Cidalia (y Mª. Luz en espíritu), la provincial Ida Colombo, algunas hermanas de la comunidad de Madrid (Silvia, Omaira y Pino) y dos combonianos (el padre Ángel y el hermano Pablo). En espíritu, nos sentimos acompañadas por todas las hermanas de la Congregación, así como por todos nuestros familiares y amigos.

Fue una ceremonia sencilla y bonita. En ella acogimos las palabras de Jesús que nos pregunta: ¿Qué buscáis? y nos invita a ir a su casa y a ver, sintiendo que esa invitación refleja parte de lo que es la experiencia del postulantado. Elegimos como lema para este comienzo, la frase de San Pablo en la carta a los Efesios, que nos llama a vivir con autenticidad el amor de Jesús para en todo crecer hacia Él. Entendemos que no se puede vivir como cristianos sin enraizarnos en la autenticidad de ese amor, que se configura con nuestra historia vocacional y que queremos que sea el fundamento de nuestro sentir comunitario. Todo lo anterior, podemos resumirlo en una expresión de San Daniel Comboni: Con los ojos fijos en Jesús, amándolo tiernamente. Y es así como pretendemos caminar en esta etapa de nuestra vida, con todo aquello que somos puesto a disposición de Dios y de la misión.

Como símbolos elegimos unos ojos, unas manos y un corazón. Mientras leéis, deteneros un instante. Cerrad vuestros ojos, elevad vuestras manos al cielo y sentid el palpitar de vuestro corazón. Ojos, manos y corazón… ¿Para qué? Los ojos, fijos en Cristo, para verle a Él y para contemplar el mundo como Él lo hizo. Las manos para dar y acoger, para orar y trabajar, para abrazar todas las realidades que crucen nuestro camino. El corazón apasionado, latiendo al ritmo del amor por los más sedientos de Dios.

 

Para comenzar a conmover nuestras entrañas ante un misterio de amor tan grande como el de la cruz, recibimos una cruz misionera, con los colores de los cinco continentes. Estos también nos recuerdan que nuestra vocación es de misión ad gentes, de anuncio para aquellos que aún no conocen a Cristo.

Terminamos cantando con María, nuestra Madre, Alma Misionera y os invitamos a uniros a nosotras en una sola voz:

“Llévame donde los pueblos
necesiten tus palabras,
necesiten, tus ganas de vivir.
Donde falte la esperanza,
donde falte la alegría,
simplemente, por no saber de ti.”

¡Ah! Después de la celebración compartimos una deliciosa cena (con el salón engalanado) que supuso el broche de oro de nuestra noche de fiesta.

Os esperamos en Granada para compartir la alegría en la que vivimos.

Y que San Daniel Comboni interceda siempre por todos nosotros.

¡Hasta pronto!
Joana y Bea