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DE MUERTE Y DE VIDA

7 Nov

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Adentrarse en el misterio, de Dios, de las personas y de los pueblos, pasa por contemplar, (a veces entiendo poco o nada), cómo se celebra la vida y la muerte.

Hoy es día de difuntos. Me viene a la memoria la primera escena de Volver (Almodóvar, 2006) en la que diversas mujeres, entre ellas Penélope Cruz, se afanan por dejar impolutas las lápidas de sus seres queridos.

Ania y yo acabamos de llegar del cementerio. Son las 18.33 y ya se ha hecho de noche.
El cementerio cristiano de Talawakelle no es muy grande. No hay lápidas que pulir. Las tumbas, estrechas y cortas, se distinguen por un cerco de piedras que las rodea (en el mejor de los casos) y algunas cruces; la mayoría de madera, las menos, de piedra. Pocas tumbas tienen nombre.

Hasta hace una semana, el cementerio parecía devorado por las malas yerbas. Hoy han aparecido veredas. Algunas tumbas estaban llenas de flores y velas y otras vacías. Incluso en el cementerio hay “clases”. Todos morimos sí, pero hay quien muere recordado y quien olvidado muere.

Nunca he sido devota de cementerios, mi madre puede atestiguar que en cuanto pude “librarme” de ir con ella y mis abuelos, así lo hice. Sin embargo, esta tarde, algo me ha movido desde dentro. Primero a acompañar a una de mis alumnas cuyo padre murió recientemente. Después, con Ania.

Beatriz en Sri Lanka

Hemos ido, sin planearlo antes. Unas cuantas velas, presumo que restos de alguna Vigilia Pascual, una caja de cerillas y nada más. Hemos llegado y mi hermana ha comenzado a encender las velas apagadas de las tumbas (dice que en Polonia hacen así). No sé muy bien por qué me he puesto a hacer lo mismo.

La noche ha ido cayendo poco a poco. Un par del familias han llegado a honrar a sus difuntos. En silencio, con una oración sencilla y profunda, a modo de letanía, desde el corazón, rezando por todos esos “no conocidos”, rezando también por los nuestros, hemos ido encendido las velas de todas las tumbas. Al terminar, ya de noche, poco más de cien pequeñas luces titilaban en la oscuridad.

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El día ha sido cansado; cole y dos Eucaristías multitudinarias en las que hemos ayudado a distribuir la Comunión. El “dadle vosotros de comer” me sonaba con más fuerza que nunca mientras contemplaba los rostros de las mujeres, hombres y niños que se acercaban a comulgar. Después, sin mucho tiempo para pararme a rezar, recuperaba la tiza para explicar cómo dibujar a escala a los de 7c.

Ahora, en este momento de paz, la imagen del cementerio lleno de pequeñas luces me viene al corazón. Hace 15 días la comunidad Hindú celebraba Dipawalli, la victoria de la luz sobre la oscuridad. Hoy, los cristianos nos movemos en la misma clave. Recordamos, rezamos y honramos a nuestros queridos difuntos. Creemos que la muerte no tiene la última palabra, que después de todo, viene la Vida.

“… Si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya”. Porque Él “es el Camino, la Verdad y la Vida”.
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Nota antropológica: Según “mis chicas” de 7c, mi única fuente, hoy las familias cristianas participan de la Eucaristía, van al cementerio y por la tarde se juntan en casa para recordar a sus difuntos. Prenden barras de incienso insertas en mitades de cocos y “llenan de aroma” las fotografías de sus difuntos. Rezan, muestran su cariño y su respeto y después lo celebran con una gran cena en la que predominan los dulces.

Beatriz Galán, desde Talawakelle, en Sri Lanka. 2 de Noviembre de 2017Captura de pantalla 2017-11-07 11.42.25

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